Quedó con ella a las ocho en punto, en una farola situada cerca de la salida del trabajo. Ese día llovía tanto, que salir sin paraguas o sin chubasquero era una empresa casi imposible. No tenía coche por lo que las ganas de esperar en aquella farola se hacían muy cuesta arriba. No pensó en arreglarse mucho, la lluvia se encargaría de echarlo todo a perder. A decir verdad, no tenía ánimos para nada, ni siquiera para salir a la calle, su situación en paro estaba haciendo mella en su depresión, cada vez más aguda, pero ella conseguía que olvidara todo por unas horas. Y pensando en todo esto se tumbó en el sofá suspirando de placer.
A las seis y media despertó con un sobresalto, y con los ojos inertes intentó localizar el reloj. Se levantó del sofá de un salto y se dirigió a su habitación. Cruzando por el pasillo se miró en el espejo del baño, lo poco que dejaba entrever la puerta, y al ver su aspecto decidió momentáneamente que se arreglaría sólo para ella, aunque cayera el diluvio universal. Ni corto ni perezoso, se metió en la ducha, se secó cuidadosamente y se embadurnó de body milk con aroma de hombre. Se arregló el pelo y fue a mirar las prendas de ropa que podrían servir para esta ocasión especial. Se puso un traje negro elegantísimo, una camisa negra a rayas marrones y una corbata marrón, calcetines de ejecutivo negros y unos zapatos marrones. Eran ya las siete y cuarto. Buscó dinero por si la ocasión requería cenar, aunque fuese una hamburguesa, y salió contento e ilusionado de su casa.
A las ocho menos cuarto llegó al punto donde habían quedado. En ese cuarto de hora le dió tiempo a pensar de todo, la farola y la lluvia le recordaron a la canción que cantaba Gene Kelly saltando bajo la lluvia. Los pies se le estaban helando pero pronto pasaría y caminando con ella entraría en calor. Se refugió debajo de un soportal cercano sin apartar la vista de la puerta por donde saldría. Eran ya las ocho y cinco. Vaya, parecía que hoy el jefe les dejaría salir más tarde. Veinte minutos se hacen largos. Y pensó en el partido de liga que vió el día anterior, el penalti fue dudoso, pero lo importante fue la victoria. A decir verdad, la lluvia para los campos de césped son mortales, si no se está acostumbrado puede ser un aliciente para conquistar una derrota. Las ocho y veinticinco llegaron rápido y el frío a los pies se agarró como si fueran suyos. La llamó por teléfono. No hubo respuesta. Le envió un mensaje de texto y no hubo respuesta. ¡Qué raro!, pensaba que algo raro podría haber sucedido. Lo que más le molestó fue la falta de respuesta. Hasta las diez de la noche estuvo viendo cómo todos sus compañeros salían del trabajo y apagaban todas las luces y cerraban. Era hora de marcharse.
A las seis y media despertó con un sobresalto, y con los ojos inertes intentó localizar el reloj. Se levantó del sofá de un salto y se dirigió a su habitación. Cruzando por el pasillo se miró en el espejo del baño, lo poco que dejaba entrever la puerta, y al ver su aspecto decidió momentáneamente que se arreglaría sólo para ella, aunque cayera el diluvio universal. Ni corto ni perezoso, se metió en la ducha, se secó cuidadosamente y se embadurnó de body milk con aroma de hombre. Se arregló el pelo y fue a mirar las prendas de ropa que podrían servir para esta ocasión especial. Se puso un traje negro elegantísimo, una camisa negra a rayas marrones y una corbata marrón, calcetines de ejecutivo negros y unos zapatos marrones. Eran ya las siete y cuarto. Buscó dinero por si la ocasión requería cenar, aunque fuese una hamburguesa, y salió contento e ilusionado de su casa.
A las ocho menos cuarto llegó al punto donde habían quedado. En ese cuarto de hora le dió tiempo a pensar de todo, la farola y la lluvia le recordaron a la canción que cantaba Gene Kelly saltando bajo la lluvia. Los pies se le estaban helando pero pronto pasaría y caminando con ella entraría en calor. Se refugió debajo de un soportal cercano sin apartar la vista de la puerta por donde saldría. Eran ya las ocho y cinco. Vaya, parecía que hoy el jefe les dejaría salir más tarde. Veinte minutos se hacen largos. Y pensó en el partido de liga que vió el día anterior, el penalti fue dudoso, pero lo importante fue la victoria. A decir verdad, la lluvia para los campos de césped son mortales, si no se está acostumbrado puede ser un aliciente para conquistar una derrota. Las ocho y veinticinco llegaron rápido y el frío a los pies se agarró como si fueran suyos. La llamó por teléfono. No hubo respuesta. Le envió un mensaje de texto y no hubo respuesta. ¡Qué raro!, pensaba que algo raro podría haber sucedido. Lo que más le molestó fue la falta de respuesta. Hasta las diez de la noche estuvo viendo cómo todos sus compañeros salían del trabajo y apagaban todas las luces y cerraban. Era hora de marcharse.



