Miró al cielo y quedó embelesada observando cómo las nubes serpenteaban el cielo despacio, muy despacio, al ritmo del viento agresor de árboles, tejados, plantas... El viento estaba especialmente feroz, si saliese ahora afuera la desafiaría también, así que, se mantuvo quieta observando desde sus aposentos la gran llanura que rodea las posesiones de su amo. El viento ahora ha parado a descansar y Zaida sale a su encuentro a la cima del torreón más alto del castillo que se avista, único, en todos los alrededores; el castillo más cercano es el de las Guadalerzas, más que el castillo de las Peñas Negras que queda a un día a pie de distancia. Se para al borde de la última piedra, mirando al horizonte, queda unos segundos cuando, de nuevo, el viento se levanta, poco a poco, perfilando y acariciando el cabello negro y, de vez en cuando, despeinándolo al aire.
Dicen que en ese castillo han vivido unos caballeros de la orden hospitalaria de San Juan de Jerusalén, que se fueron a defender su tierra santa y han vuelto pocos. Quienes han vuelto se han quedado en Malta y no lo han hecho muy cuerdos, han olvidado a sus mujeres y a sus hijos abandonados a su suerte, a cambio del gran sueño de encontrar el santo grial. Se huele la dejadez de una tierra abatida por la guerra santa, no hay apenas hombres que labren las tierras, ni siervos, ni vasallos, ni bufones, sólo madres mendigando para sus hijos. Y los clérigos cristianos guardan su sabiduría para alimentar sus estómagos, ellos se autoabastecen en nombre de su dios que les obra milagrosos. Ahora lo puede ver todo, Alah no la ha llamado aún a su lado. Sigue errante, ya no siente hambre, no siente dolor, no siente dicha y tampoco sueño. Sólo siente que su cuerpo no es una carga más.
Dicen que en ese castillo han vivido unos caballeros de la orden hospitalaria de San Juan de Jerusalén, que se fueron a defender su tierra santa y han vuelto pocos. Quienes han vuelto se han quedado en Malta y no lo han hecho muy cuerdos, han olvidado a sus mujeres y a sus hijos abandonados a su suerte, a cambio del gran sueño de encontrar el santo grial. Se huele la dejadez de una tierra abatida por la guerra santa, no hay apenas hombres que labren las tierras, ni siervos, ni vasallos, ni bufones, sólo madres mendigando para sus hijos. Y los clérigos cristianos guardan su sabiduría para alimentar sus estómagos, ellos se autoabastecen en nombre de su dios que les obra milagrosos. Ahora lo puede ver todo, Alah no la ha llamado aún a su lado. Sigue errante, ya no siente hambre, no siente dolor, no siente dicha y tampoco sueño. Sólo siente que su cuerpo no es una carga más.




Mmm, ¿acaso Zaida no ha encontrado ese descanso que buscaba por alguna razón que la turbaba?.
Hola Alatriste, sólo voy a publicar 7 capítulos, y la respuesta no está disponible aún. Saludos amigo.
la historia de Zaida promete. Yo soy seguidor de los Caballeros Hospitaliarios por encima de los más famosos Templarios. un beso.
Gracias Fernando.
Bueno, pues una vez encontrada... Zaida se me presenta en un mundo que se derrumba... Un mundo como el actual.
Te queda pues...mucho por contar.
Un abrazo.
Hola Butzer, si encuentro tiempo es posible que publique los demás.