10 de septiembre de 2008


Ayer fue uno de los días en los que más fuerza interior me hacía falta, y hasta ahora estoy respondiendo. Pues el periplo comenzó a las cuatro de la mañana. No te creas que no jode que te dé un dolor a media noche, pero fue así. Desde Abril me ha repetido en varias ocasiones, pero sólo en tres he tenido que ir a las urgencias del centro de salud y ayer, como el dolor no cedía, después de tres horas decidí ir a las urgencias hospitalarias. A las cinco y cuarto me tomé dos nolotiles, a las seis y cuarto dos buscapinas, y a las siete y cuarto dije basta. Hasta que llegué al hospital me dió tiempo hasta vomitar, y eso, no es buena señal para lo que me pasa. Para cuando llegué, se me había pasado un poco, no del todo, y ya se sabe que cuando se entra allí no sabes cuándo saldrás, así que, al igual que hago cuando me duele, procuro mantener la calma y tomármelo con filosofía pues si me pongo nerviosa e impaciente me termina doliendo más. Así que con el runrún ahí pinchando, saqué el lado positivo y humorístico, no lo puedo evitar, me río hasta de mi sombra.

Esperando ya con el camisón que te dan para entrar en observación, llegó un señor mayor con una cornada por asta de toro... claro, los profesionales sanitarios se pusieron manos a la obra con él, con lo estrecho que es el pasillo de urgencias, no sabían dónde dejarlo apartado para que el cirujano valorase la herida, así que llegó el camillero y le preguntó a una enfermera: -¿Dónde dejamos a este señor?, a lo que la enfermera respondió: - Déjalo en esa habitación en cirugía. Y seguidamente dijo: - ¡No!, mejor allí. Al decir ¡No! la enfermera, el camillero que se disponía a empujar la camilla dió un empujón que si vas con heridas, el empujón te llega a la herida antes que la sensación del movimiento, y el hombre con paciencia decía: - Joooder... De nuevo dice la enfermera que había que dejarlo en el pasillo, otro empujoncito y el señor: -Jooodeeer..., la enfermera de nuevo se hace otra cuenta y dice: ¡No!, mejor en esa habitación del principio que está vacía. Otro empujón del camillero y el señor muy pacientemente espetó un nuevo Jooodeeeer... Así que una vez que llegó el cirujano, todos los celadores, ats y enfermeros y enfermeras se pusieron manos a la obra con el señor, era un ir y venir de profesionales, unos corriendo, otros caminando rápido, que voy que vengo y al final, después de la cura y valoración, al quirófano. Lo más gracioso fue ver salir a un enfermero, un ats y un celador comentando: - ¡Esto es España, macho!, ¿qué puedes esperar?.

Intervalo de sueño

Fue gracioso lo del asta de toro, quitando, claro está, la gravedad del asunto, que seguro que el señor se recuperó bien.

En otro momento, ya en la sala de observación, con pijama, cama y chute puestos, desde la imposibilidad de observación visual que te dejan las cortinas corridas, escuchaba a una señora decir en voz alta y todo seguido:

- ¡Ay!, ¡Ay, ánde se habrá metido este muchaaaaacho!, que me tiene en vilito, maaadre... si venía detrás mío... ¡ay lo que hay que penar en esta viiiida!, si esto es un penaero... pero cuánto hay que penar... ¡Ay qué pena!

A lo que el marido, que estaba como todos en cama, le dijo: - Anda, llámale, llámale por teléfono, a ver ánde anda... Pero la señora no se tranquilizaba, a lo que seguía con el mismo soniquete. A todo esto que llegó una enfermera y le pregunta: - Pero señora, ¿qué le pasa a usted?

A lo que la señora responde: - ¡Ay, es que mi hijo venía detrás mío y no sé ánde se habrá quedao!. Al final, entre la enfermera y el marido consiguen tranquilizarla y la persuaden para que haga una llamada de teléfono. Las explicaciones del hijo son que al ir a entrar en urgencias detrás de la madre, se ha quedado hablando con no sé quién y ya no le han dejado entrar.

La señora se vuelve a poner nerviosa: - ¡Aaaaay, cómo que no te dejan entrar... pero diles que te dejen!, la enfermera intercede (para que se calle prontamente), y decide hablar con los de la puerta para que la señora se calme cuando vea entrar a su hijo.

Intervalo de sueño

Un señor mayor. Su voz provenía detrás de mi box.

- ¡Señorita!, ¡señorita!, q... que... ¡que sacabao el caldo éste!

En el box de la izquierda y con las cortinas corridas, una pareja rumana se comía a besos de un modo ruidoso y los movimientos rítmicos que dejaba entrever la cortina, decía que la acompañante se movía, me daba que al paciente no le dolía ya nada.

Una enfermera, a viva voz, lo suficiente para que todos lo oyéramos le contaba a otra enfermera:

- Pues un paciente me dijo: mira mi pene... y a ver qué haces...

Algo le dijo la enfermera que hacía de interlocutora, que contestó la primera: - ¡Y qué quieres que haga!

En otro momento, ya por la tarde, se le ocurrió a una enfermera poner la televisión, con tan mala suerte que al encenderla, el volumen prestablecido era demasiado alto, y sin más dilación, la enfermera tuvo que apagarla porque en una milésima de segundo, todos supimos que en el programa de telecinco "Está pasando", daban la noticia de que habían encontrado una pierna humana enterrada en un paraje. A más de uno, de todos los que estábamos en los boxes en observación, se le puso mal cuerpo.

A las ocho de la tarde volvía a casa.

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