Pedro la miraba receloso agazapado contra el muro. Zaida acercó su mano transparente para acariciarlo como una madre acaricia a su hijo, enternecida le preguntó qué hacía allí, un niño no debería estar solo nunca y menos en un lugar como ése. Pedro le contó todo, el tiempo que había pasado en aquel panteón de techo bajo, cómo lo despertaron aquellos soldados y lo llevaron hasta allí e incluso el penoso episodio de la muerte del cariñoso felino. Le instó a que lo ayudara a salir de allí, su padre y su madre lo estarían esperando y su amo, para seguir con el trabajo diario, fue entonces cuando el niño escudero rompió en sollozos tapando su faz con ambas manos.
Zaida se propuso vengar el secuestro del menor y dar su merecido a esos inhumanos personajes. Lo calmó diciendo que lo sacaría de allí pero tendría que ayudarla, ella no podía mover cosas ni aparecerse a cualquier persona, sólo se podía aparecer a seres de puro corazón, como a él.- Me llamo Pedro y soy escudero fiel a mi señor. Soy hijo de Aurora y de Pedro, campesinos fuera de la fortaleza. Tengo diez años y tengo hambre y sed.
Zaida lo miró con ternura y le ordenó que se levantara. – Pedro, en pie y seguidme, encontraremos algo de comer y de beber. Ahora debes escuchar muy atentamente lo que os voy a decir: detrás de esa puerta hay una escalera de caracol, deberás ir con cuidado pues es peligrosa por su inmensa oscuridad y la humedad que hará que resbales si no pisas firme.
Bajaron hasta las estancias de abajo y entraron con sigiloso silencio a una gran sala, en donde había una larga mesa con copas de oro, frutas y manjares que Pedro jamás había visto ni olfateado. Zaida lo invitó a que comiera hasta sucumbir, comió y comió y probó de todo un poco, hasta casi reventar. Una vez hubo terminado, siguió a Zaida hasta una estancia al final del pasillo que se encontraba cerrada, a Pedro le costó un poco pero al fin pudo abrirla y así, con las tripas llenas se tiró en la cama y durmió relajadamente y sin preocupaciones. El tiempo pasó y estuvo horas y horas durmiendo plácidamente, hasta que el ruido de las espuelas y las armaduras de los soldados lo despertaron. Oía voces muy lejanas que se hacían cada vez más fuertes a medida que iba despabilándose, una vez bien despierto, fue consciente de que lo estaban buscando. Se levantó rápidamente buscando por toda la estancia a su ángel protector, al no verlo optó por esconderse bajo los aposentos de la estancia.




Ya era hora de que al pobre Pedro le sucediera algo bueno, tras la buena pitanza habrá recobrado fuerzas para afrontar las siguientes aventuras.
Y tengo ganas de ver dónde depararán los planes de Zoraida, mmm.
Uff, a ver si el siguiente capítulo emerge pronto... va a tardar, va a tardar...