CAPÍTULO 7. LA SERENIDAD

Pedro la miraba receloso agazapado contra el muro. Zaida acercó su mano transparente para acariciarlo como una madre acaricia a su hijo, enternecida le preguntó qué hacía allí, un niño no debería estar solo nunca y menos en un lugar como ése. Pedro le contó todo, el tiempo que había pasado en aquel panteón de techo bajo, cómo lo despertaron aquellos soldados y lo llevaron hasta allí e incluso el penoso episodio de la muerte del cariñoso felino. Le instó a que lo ayudara a salir de allí, su padre y su madre lo estarían esperando y su amo, para seguir con el trabajo diario, fue entonces cuando el niño escudero rompió en sollozos tapando su faz con ambas manos.

Zaida se propuso vengar el secuestro del menor y dar su merecido a esos inhumanos personajes. Lo calmó diciendo que lo sacaría de allí pero tendría que ayudarla, ella no podía mover cosas ni aparecerse a cualquier persona, sólo se podía aparecer a seres de puro corazón, como a él.- Me llamo Pedro y soy escudero fiel a mi señor. Soy hijo de Aurora y de Pedro, campesinos fuera de la fortaleza. Tengo diez años y tengo hambre y sed.

Zaida lo miró con ternura y le ordenó que se levantara. – Pedro, en pie y seguidme, encontraremos algo de comer y de beber. Ahora debes escuchar muy atentamente lo que os voy a decir: detrás de esa puerta hay una escalera de caracol, deberás ir con cuidado pues es peligrosa por su inmensa oscuridad y la humedad que hará que resbales si no pisas firme.

Bajaron hasta las estancias de abajo y entraron con sigiloso silencio a una gran sala, en donde había una larga mesa con copas de oro, frutas y manjares que Pedro jamás había visto ni olfateado. Zaida lo invitó a que comiera hasta sucumbir, comió y comió y probó de todo un poco, hasta casi reventar. Una vez hubo terminado, siguió a Zaida hasta una estancia al final del pasillo que se encontraba cerrada, a Pedro le costó un poco pero al fin pudo abrirla y así, con las tripas llenas se tiró en la cama y durmió relajadamente y sin preocupaciones. El tiempo pasó y estuvo horas y horas durmiendo plácidamente, hasta que el ruido de las espuelas y las armaduras de los soldados lo despertaron. Oía voces muy lejanas que se hacían cada vez más fuertes a medida que iba despabilándose, una vez bien despierto, fue consciente de que lo estaban buscando. Se levantó rápidamente buscando por toda la estancia a su ángel protector, al no verlo optó por esconderse bajo los aposentos de la estancia.

2 comentarios:

    Ya era hora de que al pobre Pedro le sucediera algo bueno, tras la buena pitanza habrá recobrado fuerzas para afrontar las siguientes aventuras.

    Y tengo ganas de ver dónde depararán los planes de Zoraida, mmm.

     

    Uff, a ver si el siguiente capítulo emerge pronto... va a tardar, va a tardar...

     

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