Amaneció triste y nublado. Miró rabiojo la luz apagada de la ventana y quiso dormir más.
Pasó una, dos, tres horas, hasta que por fin se dió cuenta de que no fue a trabajar cuando sonó el teléfono, pero lo dejó sonar hundiéndose más en las sábanas verdes. Se levantó más triste de lo normal, quizá por la influencia de ese cielo tan gris, se miró al espejo y vió que su tez cambió a un tono grisáceo de muerto.
Era jueves, un jueves apenado con la mañana gris y, presumiblemente, con la tarde más gris marengo que hubiera nadie imaginado. Entonces, quiso dormir más.



