Había una vez un asturiano que tenía una pasión terrible por "les fabes". La adoración a les fabes, le provocaban 'muchos gases', creándole situaciones muchas veces embarazosas.
Un día conoció a una chica de quien se enamoró locamente e iniciaron una respetuosa relación. Cuando ya estaba en vías de casarse pensó: 'Ella nunca se va a casar conmigo si continúo de esta pedorra forma'. Entonces, decidió hacer el sacrificio supremo de no comer mas fabes jamás. Su esposa y su matrimonio bien valían la pena. Poco tiempo después de la boda, el asturiano asistió a una concentración de compañeros, y mira por donde el plato principal eran, fabes. No pudo resistir la tentación y se cepilló tres platos, llegaría a su casa al anochecer y ya, para esa hora, se le habría pasado.
La tarde entre anís La Asturiana y otros licores para digerir, se alivió poco a poco en dirección a su casa, después de practicar el concierto, con toda clase de pedos: sordos, rasgados, finos, acuosos, etc.
Su esposa lo recibió en la puerta y parecía bastante feliz y excitada. Ella le dijo: 'Querido, ¡te tengo una gran sorpresa para la cena de esta noche!'. Le colocó una venda en los ojos y lo acompañó hasta la cabecera de la mesa haciéndolo sentar y prometer que no se quitaría la venda, hasta que ella le avisara.
En este punto, él sintió que en su intestino algo grande se estaba gestando, es decir que había un nuevo 'accidente gasífero' en camino. Cuando la esposa estaba lista para quitarle la venda de los ojos, sonó el teléfono. Ella le volvió a hacer prometer que no se quitara la venda, salió del comedor para atender el teléfono. En cuanto oyó que descolgaba el auricular, el hombre aprovechó la oportunidad y volcó todo el peso de su cuerpo sobre una pierna y soltó uno con cuidado. No fue muy fuerte, pero parecía un huevo friéndose.
Con grandes dificultades para respirar, agarró a ciegas la servilleta y comenzó a abanicar el aire a su alrededor. Estaba comenzando a sentirse mejor cuando otro 'gas dormido' empezó a surgir. Levantó una pierna y ¡¡¡PRRPPPPPPPPEEEPPEEEEERRRPPPE!!!. Sonó como un motor Diesel arrancando y comparado con el anterior, olió aun peor.
Nervioso y deseando que las emanaciones gaseosas se disipasen, comenzó a sacudir frenéticamente los brazos cual aspas de molino. Ya las cosas parecían volver a la normalidad, cuando nuevamente le vinieron ganas. Algo mas confiado, mandó todo el peso de su cuerpo sobre la otra pierna y lo largó con violencia. Este fue merecedor de una medalla de oro, el Óscar en sonido y hedor. El 'padre' de todos los pedos. Las ventanas vibraron, la vajilla en la mesa se sacudió y un minuto después, algún tiesto se marchitó, y el canario lo paso tan mal que enmudeció.
Mientras tanto, él permanecía con un oído atento a la conversación telefónica de su mujer, manteniendo su promesa de no sacarse la venda, y continuó con su 'ejercicio' por unos diez minutos más, tirándose 'gases' y abanicando con los brazos y la servilleta, y de vez en cuando, soplando fuerte, en círculos, en el sentido inverso a las agujas del reloj.
Cuando oyó a su mujer despidiéndose en el teléfono (indicando el final de su soledad y libertad), colocó suavemente la servilleta sobre las piernas y cruzó su mano sobre ella. Tenía el rostro de la inocencia de un ángel, cuando entró su esposa.
Pidiendo disculpas por haberse demorado tanto, ella preguntó si se había quitado la venda, a lo que él respondió que no. Después de tener absoluta certeza que había cumplido con la promesa y no había visto nada, su esposa le sacó la venda y gritó:
'¡SORPRESAAAA!'.
Había doce invitados sentados a la mesa a su alrededor para su fiesta de aniversario...
Lo de cumpleaños feliz, sonaba sordo, entre los pañuelos y servilletas tapando las fosas nasales, y las risas liberadas...



