Poco a poco dejamos el río de los ojos de agua abundante atrás. Nos desviamos por un afluente siguiendo las corrientes de agua por la orilla. Mi cansancio se acentuaba, los niños tenían hambre y sed y los hombres que nos protegían acusaban los días de camino.
Entramos entre grandes montañas, esas tierras nos ofrecían carne de ciervo y una flora bastante peculiar. Acampamos y durante unos días estuvimos alimentándonos de lo que nuestros protectores cazaban, conejos, ciervos y otras especies. Algún día el fuego nos delataría, aunque ¿quién en estas tierras desearía hacernos mal?. Me equivoqué en la pregunta pues la respuesta ya la conocíamos. Tarde o temprano nos encontrarían. Esa cosa verde..., lo que me dijo aquella mujer... en ese preciso instante pensé que serían las consistentes babas del demonio y unas ganas inmensas de deshacerme de ello me recorrían todo el cuerpo.
Descansamos unos días y a la hora de partir sucedió lo que ninguno de nosotros queríamos que sucediese. Uno de los hombres que me acompañaban pertenecía en voluntad a nuestros perseguidores, debió dejar alguna señal por el camino para que nos encontrasen. Nos traicionó, traicionó a mi esposo, a mis hijos, a los demás. Un grupo de unos cien hombres nos alcanzó en el justo momento de partir dispuestos a todo, la muerte y la desolación llegó con ellos, y el traidor me miraba fijamente de un modo depredador. Uno de ellos se llevó a mis hijos, yo forcejeé, traté de impedirlo pero fue inútil, me empujó y sólo sé que al recobrar el sentido tenía mucho dolor en las muñecas, en todo el cuerpo y en mis entrañas. Estaba viva, pero mis hijos, ¡mis hijos!... ¿dónde están mis hijos?, ¡por el amor de Dios!, ¿qué habéis hecho con ellos?, ¡dime sólo que están vivos!... El traidor me cruzó la cara con su látigo, gritándome y apenas lo entendía, la cabeza me iba a estallar. En unos segundos bajó el tono de voz, alzando mi barbilla con el puño de su espada que desenvainó para intimidarme o matarme, pero me daba igual ya. Y me volvió a preguntar dónde estaba el coral verde. ¡Dios santo, yo no lo tenía!. Y se lo repetí, lo volví a repetir entre súplicas, me torturó sacándome dos muelas, yo le repetía que alguien lo debió haber cogido, alguno de los asaltantes. - Busca, busca entre los cadáveres, pero por favor, dime dónde están mis hijos... - le imploré.
No lo encontró, el traidor fue traicionado y descargó su ira contra mí. Medio muerta, quedé tendida varios días más, hasta que pude moverme, pero no era el dolor físico lo que me mataba lentamente sino el dolor de no tener a mis hijos conmigo.




Hombre!!! entro tarde pero es que he estado muy liado, y uno ya se había acostumbrado a que no continuaras con la historia. Mañana lo leo que es tarde y además tengo que repasar las capítulos de atrás.
Un besico
MMMM, mira tú que para mí que esas montañas eran los famosos Montes de Toledo. Este tío que tan valientemente maltrata a una mujer seguro que no se ha leído el capitulo de "igualdad efectiva entre mujeres y hombres y sus políticas de igualdad" que uno debe aprenderse para desempeñar puestos de espatario en esa región
un saludo ;D